martes, 30 de junio de 2009

EL PLACER DE CULTIVAR UN JARDIN

(Publicado en la revista Estilos de Diario Libre el 27 de junio de 2009)

Conservo aún vívidos en mi memoria recuerdos de cuando me mudé a Arroyo Hondo, recién casada, a principios de los años 70’s. Por la calle que pasa frente al Club, paseaban los pavos reales de Don Pompilio, exhibiendo orgullosos sus colas desplegadas. Eran tiempos en que las parejas jóvenes podíamos adquirir un solar por 8 mil pesos, financiados a 20 años, y construir una casa con un préstamo de 15 mil en una Asociación de Ahorros.

Eran tiempos además, en que las casas no tenían verjas ni rejas y podíamos disfrutar la vista de nuestros jardines y los de nuestros vecinos: Frank y Janet Reyes, Socorro Castellanos, Damaris Defilló, Thimo Pimentel, Yayi y Mickey Azar, Freddy Beras Goico, los Khoury, entre otros.

Con el paso de los años, tuvimos que levantar verjas, pero siempre conservé el anhelo de volver a disfrutar de los pavos reales, después que la casa de Don Pompilio se convirtió en parte del Club y las aves ya no estaban. Mi esposo, con su prodigalidad habitual, me regaló un día, no solo una pareja de pavos reales, sino también gansos, patos y gallinas. El pavo real voló y desapareció a los pocos días, y desesperada tuve que regalar las otras aves porque acabaron con el césped y las plantas de mi jardín. Luego vinieron los años de vivir en torres de apartamentos donde apenas puedes tener algunos maceteros.

Viviendo en Metro he vuelto a disfrutar del placer de cultivar un jardín. Disfruto día a día al ver el césped de mi casa cada vez más verde, las mandevillas blancas entretejiéndose en el pergolado, mi pequeño jardín de cintas verdiblancas, con su bola de cerámica azul intenso en el centro, va creciendo; la enredadera, que vino mustia con mi mudanza de la capital, se adhiere lozana al árbol que nos da sombra en el jardín, y aunque, al igual que a la casa en general, trato de mantenerlo todo práctico y manejable por lo que he optado por un jardín ¨evergreen¨, tengo una fuente de cascada con numerosos maceteros de flores multicolores.

Disfruto también cuando salimos a caminar temprano en la mañana, con el fresco de este inviernito que este año se ha prolongado, la vista de los jardines de las demás casas. Caminando, me aprendo los nombres de las calles: Las Trinitarias, Los Rosales, Las Arecas, Las Canas, Los Pomelos, Los Coralillos, Los Mangos, Las Acacias. Me asombro y me deleito con el enfoque individual y la creatividad que cada quien le da al entorno de su casa, a todo esto agregando el hecho de que, vivir cerca de un campo de golf, arbolado, con su césped bien cuidado y sus laguitos habitados por patos y gansos que llenan de alborozo a mis nietos, es una fiesta para los ojos y un remanso de paz para el espíritu.

EL GOZO DE COSECHAR TU PROPIO HUERTO

(Publicado en Estilos de Diario Libre, el 13 de junio de 2009)

Siempre que veía los programas de cocina por televisión, como Chef at Home - su productor vive precisamente en una casa campestre - o Vamos a Cocinar, de José Andrés, el español que cocina para una visita que está esperando, envidiaba ver como tienen, al alcance de su mano, las hierbas aromáticas que utilizan para sus creaciones culinarias.

Hoy puedo hacer lo mismo en mi casa, aunque no salga en televisión. En el ventanal de mi cocina tengo maceteros donde crecen cilantro, perejil, salvia, puerro y espinacas. Tengo también una plantación de rúcula siempre fresca para mis ensaladas. Las tomateras están desbordadas, llenas de flores y ya comienzan a producir tomates. Mi planta de pimientos y otra de los chiquitos picantes sirven también para dar colorido y belleza al huerto.

Hace poco recibí la visita de Samuel, dueño del vivero de Boca Chica, que vino a supervisar el desarrollo de mis plantas y fumigó mis mandevillas. Se asombró al ver mis plantas de albahaca. El dice que plantas más pequeñas que las mías las vende a muy buen precio en su vivero, así que, como han crecido tantas, las llevo de regalo cuando quiero halagar una vecina, porque se que a mucha gente le gusta una rica pasta al pesto o una refrescante ensalada con tomate, mozzarella y albahaca.

Desde antes de mudarnos mi esposo insistió en sembrar plantas de hojas medicinales como limoncillo, orégano poleo y sábila para curarse sus dolamas. Charlie mi jardinero haitiano tiene en el solar baldío del lado de mi casa una plantación de maíz con mazorcas que pronto estaremos comiendo.

Antes de mudarme a Metro alguien me comentó, en tono de crítica, que cómo permitían en el proyecto las matas de plátanos y otros tipos de frutales y vegetales como parte de los jardines. Se refería más bien al punto de vista estético. Caminando por las calles vi un huerto cercano a un hoyo de golf, muy cerca por cierto de la casa de una amiga. Difiero de la crítica pues no veo porqué considerar antiestético un cultivo, cuando en nuestras ciudades tenemos algo peor que son los basureros.

Me contó Inés, una vecina cercana que tiene varios años viviendo aquí, que la calle Los Mangos debe su nombre precisamente a que en el amplia área verde del centro hay muchas matas de mangos que acostumbraban sentarse a comer en las tardes de verano la gente del sector, es decir que aquí también se usa el maroteo. De ahí surgió la idea para darle nombre no solo a esa calle, sino a las otras que tienen también nombres de flores y frutales.

He invitado a mis nietos a bautizar con sus nombres los árboles frutales que hemos sembrado en nuestro patio: Naranja, limón, la de mango enana que está ya floreciendo y espero cosecharla este verano, aguacate, coco y níspero. Anhelo ver crecer mis frutales junto con ellos.

lunes, 22 de junio de 2009

LAS SORPRESAS DE DIOS

¿Las orugas saben que se convertirán en mariposas o Dios las sorprende?

Paul solo se ríe cuando le digo que las reuniones de nuestra Comunidad Católica aquí en Metro se han convertido, al menos para mí, en una cajita de sorpresas. Nunca sabemos con certeza cuál será el programa, los martes en la noche.
A veces leemos, estudiamos y comentamos un tema específico. Una noche incluso vimos una película: The Doubt, con Merryl Streep, una sesión de cine con rositas de maíz y todo, luego la comentamos y cada quien dio su parecer, aunque al final nos quedó la duda sobre cuál es la verdadera interpretación del mensaje que quisieron dejarnos el autor y sus productores.
La otra noche tuvimos Misa, con emociones a flor de piel, ojos aguados, Héctor tocando la guitarra, el coro de voces de los seminaristas de San Pedro de Macorís y hasta la naturaleza quiso participar con una ligera llovizna, de esas que nos hacen sentir llenos de paz con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea.
Celebrábamos el fin del año académico del grupo de seminaristas del Seminario Menor y la despedida de Paul Ramírez como su maestro y guía ya que la Diócesis le encargó una nueva misión: Construir desde cero la Parroquia en Pedro Santana, uno de los parajes de esta provincia.
El Padre Daniel tuvo a su cargo la celebración Eucarística y fue el primero al que se le quebró la voz cuando quiso dirigir su mensaje a los nuevos seminaristas. Paul que lo asistía en la misa, tuvo que venir en su auxilio y entonces, sorprendidos de nuevo, escuchamos que les hablaba a cada uno de forma personal. Quisiera mencionar sus nombres porque me esforcé por asociar el mensaje a la cara de cada uno, pero prefiero no hacerlo porque, si se me escapa alguno, que mal se va a sentir. Pero, a cada quien individualmente, como solo un buen maestro sabe hacerlo, le reforzó sus puntos fuertes, lo que habían superado y lo que podían mejorar.
Al final, como es costumbre, el compartir entre hermanos me puso a pensar en que todavía después de más de 2,000 años, sigue realizándose el milagro al partir el pan, tal como nos enseñó Jesús en aquella tarde del primer Jueves Santo, y cómo, en una pequeña localidad ubicada en una isla descubierta mil quinientos años más tarde, sigue repitiéndose el sentir de aquellas primeras comunidades cristianas de Corintio, Efeso, Galicia y Filipo, donde todos eran uno en espíritu.

miércoles, 10 de junio de 2009

ESCOGE LAS MEDIAS POR EL COLOR, TUS AMIGOS POR SU CARÁCTER

A menudo oigo decir a mi esposo y a sus amigos golfistas, que el carácter o temperamento de sus compañeros de juego es quizás la característica más importante que tienen en cuenta, a la hora de elegir con quién jugar. Dicen que cuando juegan para divertirse, les disgusta tener como integrantes del foursome aquellos cascarrabias que si hacen un mal tiro hasta un palo rompen del pique tan grande que les da.

Por eso me llamó mucho la atención cuando visité Villas del Mar International School, aquí en Juan Dolio, un poster que tienen en la entrada que dice: Choose your socks by its color, your friends by their character. Realmente la zona se presta para la mezcla de diferentes culturas, ya que muchos turistas que la visitan, al igual que pasa en otras partes del país, terminan quedándose a vivir en ella.

Visité el colegio esta mañana para recabar informaciones y satisfacer preguntas que mucha gente me ha hecho sobre si hay colegios aquí en Juan Dolio.

Aunque fue sin previo aviso, muy amablemente me recibió su directora, María Elena O´Rourke quien me facilitó todas las informaciones que necesitaba para escribir esta entrada en Juandoliando.

Me cuenta que el colegio surgió producto de la necesidad que sintió viviendo en la zona, para educar a sus hijas. Lo que comenzó en 1995 como una tutoría privada para sus tres hijas ha ido creciendo paulatinamente hasta convertirse en lo que es hoy en día: Un colegio con cerca de 500 alumnos, que cubre desde Pre-escolar hasta el Grado 12, tiene educación en inglés como primer idioma, profesores altamente calificados, aulas con aire acondicionado, laboratorios de ciencias y computadora, entre otras facilidades y ventajas.

Acreditado por la Asociación Internacional de Colegios Cristianos, sin denominación, está reconocido por la Secretaría de Estado de Educación de la República Dominicana, y utiliza el sistema A Beka de Pensacola Christian College.

María Elena dice que no hacen mucha promoción en los medios de comunicación porque prefieren que sean los padres de sus alumnos quienes hablen del colegio, aunque entre sus estudiantes cuentan con ganadores de las olimpíadas de matemáticas que se celebran a nivel nacional, y muchos deportistas destacados que han sido seleccionados para competencias en el exterior.

Su misión es proveer una educación tal, que sus estudiantes tengan la misma oportunidad de desarrollar todo su potencial, enseñándolos a ser sociables, ciudadanos responsables, aprendices de por vida, la apreciación de otras culturas, respeto mutuo, creatividad, y la alegría de aprender en un ambiente de armonía.

En el mes de julio tendrán el VMIS Summer Adventures de 9 a.m. a 3 p.m. con actividades como clases de inglés, pintura, manualidades, modelaje, video y fotografía, informática música, así como Outdoor Adventures que incluyen paseos a caballo, piscina, playa, deportes y sus acostumbrados Beach Cometa Fly y Rally a Pie con innovaciones este año como son Triatlon VMIS y otras divertidas actividades.

Así que ya saben, si para su decisión de venir a vivir para estos lares de forma definitiva o a vacacionar, les preocupa la educación escolar de sus hijos tienen una opción en Villas del Mar International School.

miércoles, 27 de mayo de 2009

MAMA ANA ROCKS!



Hace un tiempo leí que cuando las mujeres perdemos la capacidad de ser madres biológicas, nos convertimos en la mamá de todo el mundo. Sé que es verdad, porque mucho después de nacida la más pequeña de mis hijos, impartí clases en la universidad por cinco años y disfruté tanto mi experiencia como profesora que volví a sentirme la mamá de mis alumnos. Creo que aprendieron de mis clases, pero también yo aprendí mucho de ellos. Como mi hija menor estaba entonces en plena adolescencia, supe comunicarme con mis estudiantes haciendo coro, sin coger corte ni quillarme, como dirían mis propios alumnos.
En el caso de Mamá Ana, creo que así como se nace para ser médico, abogado o artista, ella nació para ser madre: la mamá de todo el mundo. No le bastó tener nueve hijos de su vientre, sino que adoptó también dos hijas, las cuales como ella dice casó muy bien casadas, al igual que a nosotras sus cinco hijas naturales. La mamá que cuando vinimos de Bonao a vivir a la capital, abrió las puertas de nuestro apartamento de apenas tres habitaciones, a todas las primas y amigas que quisieron venir a estudiar y no tenían donde alojarse.
Mamá Ana es tan tierna y generosa que en su casa siempre hubo espacio para las amigas o compañeras de trabajo de sus hijas que estuvieran pasando por alguna situación difícil. En plena revolución del ´65, abrió las puertas de su casa a las muchachas que vivían en la pensión de mi madrina Nicó García, cuando tuvieron que trasladarse debido a que quedó dentro de la línea de los revolucionarios y nosotros vivíamos del otro lado.
Después, cuando crecimos, trabajaba yo en el Banco Central y me pedía que la dejara de camino en la Maternidad La Altagracia, dos días a la semana, cuando iba como voluntaria, con su uniforme y su toquita en la cabeza, se llenaba de gozo y le brillaban los ojos de alegría al contarme cuántos bebés recién nacidos había bañado, alimentado y arrullado hasta dejarlos dormidos en sus cunitas.
Comenzaron a nacer sus nietos y cuando le preguntan cuántos son responde que ya ha perdido la cuenta, que son más de 30, sin contar los nietos postizos, de los cuales han sido muchos los que ella se ocupó de bañar y atender durante los primeros meses de nacidos. A sus 91 años, lúcida de mente y espíritu, todavía ayuda a cuidar y añoñar a sus numerosos biznietos.
Su capacidad de amar es tan inmensa que no le basta con volcar su amor en los niños que son sus preferidos, sino que no hay criatura o ser humano, grande o pequeño que le pase por el lado a quien no le brinde su ternura, una sonrisa, un abrazo. En ella se cumple a la perfección la letra del Himno a las Madres, y creo que así como Jesús eligió a María como madre, la Virgen la escogería como su madre, pues fíjense ¡que coincidencia! su mamá se llamaba también Ana.

miércoles, 20 de mayo de 2009

BARQUITOS DE VELA



Buscando “El Sartén”, un restaurante que, de acuerdo a unos amigos que nos invitaron, estaba en Guayacanes, encontré a Julián, artesano fabricante de barquitos de vela y me llamó la atención la originalidad de sus creaciones.
Al final, resulta que el restaurante no se llamaba El Sartén, sino Salitre, y justo en frente hay dos barquitos de los que hace Julián, así como varias tallas en madera. El almuerzo sabroso, la conversación entre amigos en ese acogedor lugar frente al mar, la esmerada atención de su dueño José Julio Ruiz, pasear un rato por la playa contemplando el vuelo de pesca de las gaviotas, hizo que la tarde de ese domingo transcurriera tan agradable como ya es costumbre en mi vida Juandoliando, pero me quedé con la inquietud de conversar con Julián y conocer su historia.
Su casa ubicada enfrente al restaurante tenía afuera uno de sus barquitos grandes tapado por una lona. Julián tiene 62 años, ocho hijos y 20 nietos que cuentan para su sustento con la venta de sus artesanías, ya que además de barquitos de vela y yolas, hace tallas en madera y cocos secos, con reminiscencia indígena. Me dijo que también hizo una olla decorativa en madera con un look Antique (la expresión es mía). Sus hijos viven también en Guayacanes, son albañiles, carpinteros, camareras, y los nietos se pasan los días con los abuelos.
Oriundo de Guayacanes, preguntamos si no teme que le roben el barquito que exhibía fuera de su casa y contesta que no había tíguere que se atreviera porque él era aún más tíguere, y que además se acostumbró a dormir con un ojo abierto y otro cerrado. En verdad, hasta ahora, lo que percibo es que la zona de Juan Dolio y Guayacanes se diferencia de otros lugares del país por su tranquilidad y seguridad.
En su juventud, Julián fue albañil y pescador, se nota en su delgado cuerpo de anchos hombros y carnes firmes, en las numerosas arrugas de su piel curtida por el sol, un rostro que parece contarnos sus andanzas en el mar. Me cuenta como se levantaba, siendo aún de madrugada, para lanzarse mar adentro en su yola hasta encontrar un buen lugar para pescar. Es bien entrada la mañana, cerca del mediodía, cuando regresan los pescadores a la playa a vender el fruto de largas horas de exposición a un sol inclemente, al agua salada, a la mar picada.
Hace menos de un año que se dedica a su actual quehacer, cuando encontró un gran tronco que el mar le regaló, y le salió la inspiración de adentro (y señala su cabeza) para hacer los barquitos, algunos grandes, otros chiquitos, pero llenos de detalles que solo un avezado hombre de mar puede añadir, sin haber tenido escuela.
Julián mantiene la esperanza de que, a base de su trabajo, sus nietos tengan un futuro mejor que la dura vida que a él le tocó, varones y hembras de distintos tamaños se agrupan a mi alrededor con la curiosidad natural de los niños, corren a buscar dentro de la casa otro de los barquitos para que también salga en la foto, y a mí se me encoje el corazón al pensar qué será de ellos en un país donde un hombre de 62 años todavía tiene que hacerse cargo de su familia y confiar en que la Providencia Divina le arroje algún tronco al mar.

P.S. Hoy pasé frente a su casa y con alegría me contó que vendió el barquito grande, estaba haciendo una olla, y tiene en producción varios barquitos, así que, si estás decorando una casa o negocio con motivos marinos, da una vuelta por el lugar, te aseguro que te gustarán sus artesanías.

viernes, 15 de mayo de 2009

EL VUELO DE LA CHICHIGUA



Dedicada a la memoria de su hijo, esta hermosa colaboración de Angélica Noboa, lectora de Juandoliando, narra la historia de lo que sucedió el domingo 3 de mayo, desde su perspectiva

Salimos al campo en Guavaberry a volar las chichiguas  que nos trajo Beatriz de la capital, atendiendo a la invitación de Penélope. La mañana, al igual que aquellos  inolvidables primeros días de tu nacimiento, antes de la parálisis cerebral,  lucía un cielo arropado por un manto de copiosas nubes de matices grises y blancos,   como acostumbra estarlo en los últimos días de abril y los primeros de mayo,  sin que la gentil brisa alcance el olor ni la humedad de la lluvia.

Siempre así,  por 17 años reconocí esos días, bien nublados sin llegar a ser lluviosos sino hasta entrado mayo, a menos que fuera un año de sequía.  De ese modo, el aniversario de tu nacimiento, deviene siempre en mi mente como una escena salida de la  paleta de un pintor renacentista; eran y siguen siendo esos días entre el 28 de abril y hasta el 5 de mayo, tu primera semana conmigo, libre de parálisis, de una hermosa tonalidad.

Las cometas de Juguetón que nos compró Bea, importadas desde China, me pusieron a parlotear lo que de niña aprendí: Que los chinos nos enseñaron el arte y oficio de volar y fabricar cometas; que mi abuelo Diógenes Noboa Feliz perdió un ojito de niño por querer elevar una chichigua que “picó en banda” hasta su cara o que Benjamín Franklyn, descifró la energía eléctrica volando una.

No obstante,  sus colores y graciosos diseños elevándose hasta el cielo, me trajeron un recuerdo, favorito entre todos los otros, las numerosas tardes que pasamos juntos con tus cochecitos - primero uno gris heredado de Isaac, luego un verde  de paraguas que te compró Amandita y después el azul marino -  paseando por el Parque Mirador, apreciando el vuelo espectacular de las chichiguas  hechas por  experimentados artistas del arte y oficio de volar y fabricar chichiguas, que planeaban en la explanada que forman la intersección de la Avenida Núñez de Cáceres con Avenida Anacaona, allí muy cerca de nuestra casa.

Suspendidas en el aire a gran altura, tú y yo nos quedábamos  durante un rato admirando su gracia, sus melenas de tiritas, sus diversas formas y colores y sus miradas gentiles hacia la tierra donde desde allá arriba nos saludaban con sus caritas refrescadas por la brisa.

Eduardo me recordó el tiempo olvidado en que con papel encerado, almidón caliente, gangorra y otros materiales simples se confeccionaban chichiguas en nuestros años de infancia. Sayi por su parte, me recordó como la inmensa cola hecha de harapos, era fundamental para el vuelo suspendido. Las clases de física nunca fueron mi fuerte, pero allí entre los niños y los padres hechos de nuevo niños, volvimos a maravillarnos por la ciencia exacta que permite extender el vuelo hasta lo alto, apenas suspendido por hilitos de nylon  las que nos trajo Bea y por gangorra la chichigua autóctona y artesanal que Sayi le compró a un vendedor ambulante.

Las cometas de Simón, José Ricardo, Andrés, Renata, Isabel Mumy, Isabel Cookie, Eduardito y Mariel, subieron rápidamente.  Con ayuda de Raúl Benjamín y Hugo (el de Ana Carolina), los incansables “adolescentes tiernos de Carolina” e instructores de nuestros chiquitos, sin mucho apuro, subieron aquellos cajones, Sirenitas, libélulas y otros motivos.

Sin embargo, la última en subir  tal como prometieron sus dueños,  Sayi y Eduardo, fué la que llegó más alto. Era verde, con forma de rombo, hecha a mano por dominicanos, no por chinos, pegada con almidón y ataviada con una cola larga de harapos. Tardamos un poco en subirla entre los cuatro: Ricardo, Eduardo, Sayi y yo; dimos algunas vueltas, se nos enredó un tanto, pero finalmente el rombito verde alzó su vuelo y rápido dejó atrás a las cometas de Juguetón. Voló alto, muy alto. Yardas y yardas de gangorra fueron desenvueltas por Sayi, ante la exigencia de la chichigua de soltarla cada vez más, para abrazar las nubes y refrescarse con el aire fresco. Cuando encontró una altura y distancia cómoda, suspendió su alzada y con gracia empezó a bailotear su larga cola, que marcaba una línea suave en el horizonte gris y blanco del cielo abierto de aquel amplio campo de golf, sabiamente construido en un hermoso llano del este de la isla de Santo Domingo.

Las Brisas de Guavaberry es el nombre del proyecto habitacional, donde pasé contigo inolvidables momentos, y también el que, sin saberlo ninguno de los dos, era el último en que estaríamos juntos, hasta el reencuentro en la casa de Dios donde ahora estás.

Se llama de ese modo, en alusión a esas brisas que atraviesan la llanura y que hacen que las nubes que vienen del sureste y del mar, sigan buscando las montañas que no se encuentran hasta mucho más allá, al noroeste; la precipitación aguarda hasta alcanzar la ciudad y las montañas detrás de Santo Domingo, esa perspectiva fabulosa que podías ver desde tu asiento detrás del conductor en el carro, cuando volvíamos en el atardecer a la ciudad: El mar de un azul tenue y cristalino, la ciudad y sus edificios en tonos perlados, detrás de ella, la línea montañosa dibujada por la luz de tono anaranjado del sol poniente, que una tarde te llevó con él.

Esas brisas, hacen de la zona una de baja precipitación, excelente para el deporte, pero en tu caso y el mío, para ese paseo vespertino, junto al sol, los pajaritos y la naturaleza que tanto disfrutamos juntos. En esos momentos, compartidos únicamente entre el Creador, tu y yo, sin saber los dos últimos que el primero  te estaba llevando suavemente a su lado, viviendo con el y contigo el trayecto hasta su plenitud y su inmenso amor.

Los chicos se fueron a montar bicicleta. La cometa de Simón llegó a desprenderse hasta el cielo, voló en el aire sola por un rato, mientras tu hermano corría detrás de aquel hilito de nylon. Suave descendió a la tierra y hacia su dueño, a muchos pasos de distancia.

Luego de verlo recuperar su cometa y verlo partir a montar bicicleta, encontré una sombrita al lado de un árbol en un pequeño montículo, me acosté en el césped y me quedé buen rato contemplando la chichigua verde de Sayi, elevada en el cielo, suspendida en aire, con su cola enroscada con la dirección que marcan las brisas.

Entre todas las cometas, esa chichigüita verde me miró y enseñó tu carita desde lo alto mirando feliz el campo en que paseamos juntos, los chicos jugar y correr, los padres asolearse contentos. Al rato, me puse de pies y me acerqué a Sayi, para ayudarla a recogerla antes de  irnos a almorzar. En ese momento me di cuenta como el hilo de gangorra que nos separa a muchas yardas del rombito verde con cola, mantiene una tensión firme, como si  se encontrara cerca y apretara. Sin embargo, al subir la vista, el rombito verde todavía bien lejos, no se veía  tenso, más bien suave y libre.

Pensé que esa tarde sin ti, pero contigo, era el retrato del amor de Dios que nos unió, nos mantiene unidos a través de un hilito discreto pero firme de fe y esperanza, mientras libre vuelas por las brisas.